La añada pasada partimos un depósito de Tempranillo en dos mitades iguales. Una mitad fue a un ánfora de cerámica sin revestimiento interior, enterrada hasta el cuello en la nave de crianza. La otra se llenó en una barrica de roble francés de tercer uso, con un tostado suave que ya había perdido casi todo su empuje. El objetivo no era demostrar que un recipiente es mejor que el otro, sino entender qué hace cada uno con el mismo mosto cuando lo dejamos seis meses sin intervenir.
Catamos cada seis semanas, siempre a la misma hora y con la misma temperatura de sala. En las primeras notas, el ánfora aparecía más austera: fruta roja fresca, una textura de tacto fino y un color que se mantenía vivo sin perder intensidad. La barrica, en cambio, mostraba desde el principio una capa de vainilla y cedro que al principio nos pareció excesiva. Hacia la semana doce el roble se integró y el vino ganó cuerpo, pero también perdió parte del nervio que tenía al inicio.
Hubo catas incómodas. En dos ocasiones el ánfora nos pareció cerrada, casi muda, con un fondo mineral que no terminaba de expresarse. Y en la semana dieciocho la barrica volvió a marcar demasiado el cedro, justo cuando pensábamos que ya estaba domada. Anotamos todo sin corregir las impresiones: esas fases también forman parte de la crianza y explican por qué embotellamos las dos versiones por separado.
Con el tiempo aprendimos a leer cada recipiente según el contexto. El ánfora funciona mejor cuando queremos preservar la fruta y la tensión del Tempranillo de suelos arcillosos; la barrica usada aporta estructura y un perfil más redondo que encaja con carnes a la brasa o guisos de cuchara. Ninguna versión sustituye a la otra: son dos lecturas del mismo viñedo, y las dos salen al mercado con la añada y el número de barrica impresos en la etiqueta.